Capítulo 1: primera parte
Desde que nació, él supo que era distinto a todos los demás. Llevaba la cruz de todo un pueblo, y era el responsable de cultivar el legado de su raza. Pero llegó a saberlo aquel día que marcó el destino de todos. Su madre supo, antes que todos, que el fin de su civilización estaba cerca. La guerra había durado años sin encontrar una real solución a las diferencias de dos razas hermanas. Las tropas enemigas se acercaban al pueblo y era inminente su destrucción. Lo tomó de la mano y le explicó dulcemente que a partir de este día tendría que recordar su niñez con felicidad y prometerle que nunca olvidaría el nombre de su familia. A partir de ese momento no estaría solo, porque tendría el apoyo de toda su gente. Le pidió que no tuviera miedo porque ella creía en él. Luego de esas extrañas palabras, salieron de la ciudad. Caminaron toda la noche sin decir nada. Pasaban las horas y pequeñas manos del niño comenzaban a temblar. Fue entonces cuando la madre decidió llevarlo en sus brazos, como última muestra de cariño. Se quedó profundamente dormido, sintiendo el calor verdadero de su madre. Se sintió protegido y olvidó el sabor a despedida, que a pesar de su corta edad comprendía. El viento movía sus cabellos y el olor de los pinos inundaba el camino. El crujir de las hojas, el cantar de las aves, componían una dulce melodía de cuna especialmente dedicada para él. Era como si todo el oscuro bosque se hubiera puesto de acuerdo para cantarles al oído y calmar las penas de sus corazones. La luna los miraba con tristeza, escondiéndose en las nubes, y comenzaba a llorar.
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